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Globalización neoliberal parte 1 - Monografía



 
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Sociedad globalizada. Pensadores marxistas. Capitalismo y comunismo. Modernidad y Postmodernidad. Economía mundial. Sociedad de la Información


INTRODUCCIÓN



La palabra “Globalización”, en nuestros días ya no es ajena para casi nadie. Este término se refiere a un conjunto de procesos sociales, políticos y, fundamentalmente económicos, que han convergido a lo largo de la historia hasta dar lugar a lo que hoy conocemos como mundialización; es decir, a un mundo global y desigual en el que las diferencias sociales son cada vez más evidentes y menos irreductibles. El proceso al que nos referimos es sumamente complejo por lo que intentaré explicarlo de la forma más clara que pueda, intentando no dejar demasiadas cosas en el tintero pero insistiendo principalmente en los temas que considero de mayor importancia para su correcto entendimiento. De esta manera centraremos nuestra atención en cuestiones básicas pero a la vez fundamentales, es decir, en las principales dimensiones de la Globalización: economía, política, modernidad y postmodernidad, ciencia, tecnología, ecología, estado, neoliberalismo y, por último, antiglobalización.
No son pocos los autores que se han extendido en intentar explicar lo que hoy conocemos como globalización, unos desde posturas más liberales y otros desde puntos de vista más críticos y radicales; yo, por mi parte intentaré hacer con este trabajo un pequeño manual básico que quede lo más lejos posible de dar mi punto de vista acerca del tema en cuestión; supongo que esto es casi imposible de cumplir, sin embargo prefiero profundizar más en los procesos históricos que han dado lugar a la mundialización que en sus consecuencias.
Un autor que me interesa especialmente por la actualidad de la que está dotada su obra es Tomás Moro, exponente del movimiento humanista en la Inglaterra del siglo XVI, que marcó con su obra “Utopía” la transición entre la Europa medieval y la modernidad europeista caracterizada por su carácter universalista y nacionalista al mismo tiempo. A partir de esta obra intentaré descifrar cuales son las semejanzas y las diferencias entre la Utopía de Moro y la utopía de la globalización neoliberal.

En esta carta se habla de un lugar en donde hay hombres que no son como los europeos, que viven en paz, que no tienen armas, que no conocen la propiedad privada que se aman entre sí y que son felices. Tomás Moro, entonces canciller de Enrique VIII, quién más tarde lo decapitó, lee la carta y en el 1516, escribe un pequeño volumen: Utopía. El libro está dedicado a Erasmo de Rotterdam. En este cortísimo relato centellea la fe pura, libre y abierta del ideal humanístico que sacude a la Europa del renacimiento.
Será este el libro más revolucionario que en cualquier época haya creado el Viejo Mundo. El “incunable del comunismo” lo denominó Germán Arciniegas. Utopía es la región ideal y perfecta. Aquello puede ser tanto “ningún lugar” como el “buen lugar”.
Toda utopía responde a una proyección humana del mundo ideal. Unas veces como idea nostálgica y otras como motor que impulsa realmente la sociedad en determinados aspectos. El descubrimiento de América por otro lado, espoleaba la imaginación y proporcionaba un campo de experimentación utópica en el Nuevo Mundo. Y más tarde el socialismo utópico, teoría y ensayos concretos, y la literatura en el plano artístico, perpetuarán una presencia que llega hasta nuestros días. Brave new world, de Huxley, Acte de violència, de Pedrolo, Rebelión en la granja, de Orwell, o Fahrenheit 451, de Bradbury, son en uno u otro aspecto utopías o antiutopías. Como afirma Juán José Tamayo: “No corren vientos propicios para la Utopía, y encima nos intentan convencer de que está haciéndose realidad con la globalización”. En este punto merece la pena mencionar brevemente un articulo de Alain Touraine aparecido en el diario El País el 29 de septiembre de 1996 en el que Touraine hablaba de “la globalización como ideología” y afirmaba que: “Lo importante es realizar un cambio de conceptos y abandonar la ilusión de una sociedad liberal, es decir, reducida a un conjunto de mercados; abandonar, pues el peligroso sueño de un estado reducido a la función de vigilante nocturno, como decían los liberales del siglo XIX, precisamente cuando necesitamos al estado para garantizar las transformaciones necesarias para preparar las inversiones a largo plazo y para cerrar las divisiones sociales.” Hablamos, una vez más de una utopía que pretende reforzar la conciencia nacional basada en “la voluntad de poner la economía al servicio de la sociedad y, más concretamente, de la justicia social.”

En el ultimo lustro del SXX el término globalización ha venido apareciendo en casi todos los debates políticos y sociales, creando posturas radicalmente enfrentadas, una de las perspectivas opina que la globalización es un fenómeno “bueno” y benefactor que viene ha demostrar que los postulados de la economía neoliberal orientada al capitalismo, eran certeros, frente a una segunda perspectiva que relaciona el neoliberalismo con lo que antaño significó el imperialismo colonial. Tal y como ha señalado Eric Hobsbawm en su obra Aquí no puede ocurrir, “el capitalismo parece haber perdido el sentido de miedo”, de ahí que instituciones tan dispares como las ONGs o como las redes de crímenes organizados puedan haber tomado cuerpo y se hayan fortalecido en tan poco tiempo. Los atentados del 11-S demuestran, sin lugar a dudas, que la hegemonía norteamericana basta para no tener en cuenta la posición de una organización claramente globalizadora como lo es Naciones Unidas, a pesar de no apoyar en un principio la operación “Libertad duradera” se la margina en un problema que teóricamente debería de ser de su incumbencia. Estamos ante una de las máximas de capitalismo neoliberal: La superpotencia americana está sobre cualquier ley o tratado internacional actuando siempre desde políticas prepotentes amparadas por la desigualdad.

Al hablar de globalización es imprescindible acudir a diferentes visiones. Una está referida a su realidad, a su faceta como fenómeno concreto y entendible, que se manifiesta en diferentes dimensiones: La económica, como liberalización del tráfico de mercancías, bienes y servicios; la técnico-productiva, que se traduce en la implantación de nuevas tecnologías e internacionalización de la producción; la pólitico- estratégica, que consolida la victoria del modelo democrático neoliberal; y por último, la ideológica-cultural, de la mano de la universalización de distintos modelos de valores, etc. Cuando hablo de entendible no quiero decir que la globalización sea un proceso de definición acabada: el avance vertiginoso de los acontecimientos no nos permite saber hacia dónde van todas esas transformaciones, aunque algunas se hayan instalado en nuestra cotidianidad. Hirsch, por ejemplo, cuestiona su carácter de “factum” proponiendo a esta como una tendencia, que puede ser reversible. Para otros la globalización constituye un nuevo orden mundial, sin posibilidad regresiva.
Pero la visión de la globalización que más nos interesa destacar es la relacionada con el término neoliberal, cercana al mundo de la manipulación con fines ideológicos. El neoliberalismo se desvela como un programa político que, contando con la ayuda de una teoría económica, pretende legitimar su visión de la realidad. Ésta va ganando terreno, mientras inconscientemente va invistiendo su estrategia con la apariencia de un orden natural. El neoliberalismo globalizador o la globalización neoliberal simula ser ley universal que responde naturalmente al devenir de los acontecimientos, o como dice Bourdieu: “tiene el poder de hacer advenir las realidades que pretende describir, según el principio de la profecía autocumplida.” Paradójicamente, el neoliberalismo, en el que prima la lógica económica, se instala en la estrategia política de la globalización como la nueva utopía”.
Aunque la globalización se presenta como un término en boga, debemos recordar que el capitalismo siempre fue global; por ejemplo, estuvo relacionado en su origen con el colonialismo y en el siglo XIX con el imperialismo. Hirsch argumenta que la crisis del fordismo, en los setenta, llevó al capitalismo a buscar nuevas estrategias para su expansión. Estas se traducen en la implantación de tecnologías y procesos de trabajo que prometen al capital una revolución tecnológica para la apertura de nuevos mercados y fuentes de ganancias; “pero también en un desplazamiento del reparto social del ingreso a favor del capital, la desintegración del estado social y la destrucción de los compromisos sociales que se basan en él”.

LA GLOBALIZACIÓN NEOLIBERAL



MUNDIALIZACIÓN NEOLIBERAL Y EXTENSIÓN DE LA DEMOCRACIA



La utopía es excluida hoy de todos los campos: de las ciencias y de las letras; de la política y de la economía; de la filosofía y de la teología; e incluso de la vida y de los quehaceres cotidianos. Hemos pasado de la tan jaleada consigna del 68 “seamos realistas, pidamos lo imposible” al “seamos realistas, atengámonos a los hechos”, del “fuera del sistema está la salvación”, al “fuera del sistema no hay salvación”, tan afín al principio eclesiástico medieval excluyente “fuera de la Iglesia no hay salvación”.
En los últimos años los movimientos financieros se han desarrollado de manera espectacular propiciando una concentración activa de capital, es decir, ha ganado rápidamente terreno un significativo proceso de desregulación, de eliminación de cualquier tipo de regla capaz de limitar la libre circulación de los capitales. Lo que viene a significar la palabra desregulación es realmente una regulación unilateral de los mercados por el capital dominante.

No puede infravalorarse la importancia del hecho de que las empresas que se mueven en el circulo de la globalización neoliberal, han accedido a una posición de enorme influencia que trasciende del terreno estricto de la economía para alcanzar posibilidades ingentes de modelación de la sociedad en todas sus dimensiones. Por ello tendremos que preguntarnos por la naturaleza democrática del proceso y poner en duda que la era de la globalización sea también la de la extensión de la democracia representativa.
Desde el siglo XVI viene salvándose una vieja y virulenta pugna entre la razón utópica y a la razón instrumental, que adquiere distintos tonos y modalidades. Primero fue entre la Utopía de Moro y el Príncipe de Maquiavelo. Después entre la revolución francesa y las sucesivas restauraciones políticas. Más adelante, entre el conservadurismo, defensor del statu quo, y el liberalismo, defensor de la libertad, entre la revolución burguesa y la revolución socialista, entre el socialismo utópico y el socialismo científico, etc. Los contendientes eran siempre desiguales, y la pugna entre ellos se parece mucho a la que salvó al desarmado David (razón utópica) del bien pertrechado Goliat (razón instrumental).
Las decisiones que se toman al calor del capitalismo globalizado no están sujetas a control alguno ni acarrean ninguna mecánica de rectificación y responsabilidades. En un sentido similar, Jürgen Habermas ha señalado que “con respecto al anclaje territorial del Estado-Nación, el término mundialización evoca la imagen de ríos que, en su crecida, socavan los controles de fronteras y corren el riesgo de provocar el desfondamiento del edificio nacional”. En un escenario tan inquietante resultan sorprendentes, por lo que tienen de agravio comparativo, las quejas que algunos dirigentes políticos han expresado en lo que respecta a la nula legitimidad de representación que corresponde a las ONGs o a los propios movimientos hostiles a la globalización neoliberal. ¿No sería mucho más razonable que esas quejas se volcasen en una consideración crítica del poder ingente al que han accedido los propietarios de las empresas transnacionales, los banqueros y los responsables del FMI, el BM o la OMC, que en modo alguno han sido elegidos de forma democrática?

La globalización neoliberal ha hecho que se cuestionen conceptos como los de Estado y soberanía pero principalmente el de democracia representativa. Hay quien opina que bajo el amparo de la globalización han experimentado un avance determinadas propuestas que recuerdan al sueño liberal de gestación de una comunidad universal en la que está llamado a reencontrarse todo el género humano; desde esta perspectiva suele ponerse por ejemplo la declaración universal de los derechos humanos; sin embargo esta posición es del todo infactible en la realidad desde el momento en el que la hegemónica Norteamérica admite en su constitución la pena de muerte, por poner el ejemplo más evidente, un país que ignora la convención de Ginebra a la hora de ser aplicada a los presos de Guantánamo, por no hablar del resto de países “subdesarrollados” en los que se lapida a las mujeres infieles, se amputa a las niñas, y tantas otras situaciones penosas que los Estados Unidos no tardan en denunciar, haciendo caso omiso de su extrema hipocresía. La modalidad de globalización neoliberal a tomado cuerpo de forma simultanea a un progreso de la democracia formal en muchas partes del mundo, pero lo que realmente ha sucedido es que ha habido un auge de semidemocracias asentadas en desigualdades a pesar de que existan elecciones, todo ello ha dado lugar a la creciente identificación entre democracia y mercado; en palabras de Robert W. McChesney “puesto que obtener beneficios es la esencia de la democracia, todo gobierno que sigue políticas contrarias al mercado es antidemocrático, con independencia del apoyo popular bien informado del que disfrute.”

La concentración de la que hablamos se refleja en el hecho de que en sólo dos decenios se han multiplicado por siete los activos afectados por las fusiones, esto significa que el volumen de operaciones de empresas como, por ejemplo la General Motors es superior al producto interior bruto de Dinamarca. El fenómeno de las fusiones ha adquirido una aceleración brutal durante el último decenio del SXX, el volumen de capital de las 100 empresas mayores del mundo creció en un 74% entre 1997 y 1998(según datos aparecidos en la obra de Passet, La ilusión neoliberal) a pesar de ello, una decena de países del Sur situados en lo que según Wallerstein es la “zona semiperiférica”, se lleva la parte del león de los supuestos beneficios de la globalización en curso; mientras, el conjunto de África ha recibido tan sólo un 4,9% de los flujos de las inversiones.
A pesar de todo, la globalización neoliberal no es un proceso fluido carente de problemas, ha estado rodeada de crisis que se han manifestado en unas y otras economías; tal ha sido el caso de México en 1994, del oriente asiático en 1997, de Rusia en 1998 o de varios países de América Latina en 1998-99. Consecuencia de todas estas crisis han sido los problemas generados para los sectores más pobres y para las propias clases medias, que por norma general han acabado desapareciendo en marco de extensión del desempleo. Estos problemas han alcanzado al conjunto de economías emergentes. Una descripción clara de las crisis de las que hablamos es la de Joaquín Estefanía: “Cuando los capitales salen del país en cuestión, los primeros en sentir los efectos son los que piden préstamos en dicho país, ya que se quedan sin líneas de crédito y tienen que disponer de los bienes para los cuales se podía conseguir financiación hasta ese momento. A continuación, el crecimiento se hace más lento y el desempleo se acentúa; el crédito y la liquidez se vuelven escasos, los bancos tienen que hacer frente a los malos préstamos y la confianza en el sistema financiero cae en picado. Empieza el contagio y se llama al FMI para que rescate la economía e inicie un proceso de acondicionamiento que puede funcionar a medio plazo, pero que tiene efectos perniciosos siempre en el corto plazo”. Sin lugar a dudas esta es una definición premonitoria de lo que ha acabado sucediendo en Argentina con el escándalo financiero que ha terminado dando lugar al denominado “Corralito”.

En el caso de México, la crisis fue provocada por la decisión de financiar el déficit de la balanza de pagos por medio de la atracción de capitales privados a corto plazo, en tan sólo unos días se produjo una increíble huida de capitales con la consecuencia inmediata del hundimiento del peso mexicano y de la bolsa: En 1997 las relaciones económicas internacionales produjeron una burbuja especulativa en el oriente asiático: primero hubo una pérdida de confianza en los inversores, después una huida masiva de capitales, hundimiento de las bolsas y crisis terminal cuyos efectos principales fueron un deterioro rápido de los servicios sociales, crecimiento del desempleo y una inflación disparada. En Rusia, en 1998, el rublo se derrumbó. El país dejó de atender el pago de la deuda externa y generó efectos negativos en todas las bolsas del planeta.
Según Pierre Bourdieu “la globalización es un pseudoconcepto descriptivo y prescriptivo a la vez que ha ocupado el lugar de la palabra “modernización”, utilizada por las ciencias sociales americanas como una forma eufemística de imponer un modelo evolucionista ingenuamente etnocéntrico que permite clasificar las diferentes sociedades según su distancia de la sociedad económicamente más avanzada, es decir la sociedad americana, erigida en término y en fin de toda historia humana (…) Esta palabra encarna la forma más realizada del imperialismo universal, la que consiste, para una sociedad en universalizar su propia particularidad instituyéndola tácitamente como modelo universal.” Lo que Bourdieu quiere decir, no es otra cosa que para los países con economías emergentes, como Corea del Sur, Tailandia, Indonesia o Brasil, la eliminación de barreras que impidan la inversión extranjera supone la quiebra de las empresas locales que suelen ser compradas a precios bajísimos por las multinacionales extranjeras. : “Ya sabemos que la igualdad formal en la desigualdad real favorece a los dominadores”.

Volviendo a la relación existente entre el neoliberalismo y la democracia, no todas las posiciones son igual de críticas; entre las posiciones liberales señalaremos la de Anthony Giddens, quien a pesar de que reconoce que: “La democratización está en marcha desde comienzos de los años setenta (…) por supuesto, algunos estados que dan el paso a la democracia no llegan a la democratización total, o dan la impresión de haberse atascado en el camino” afirma que la democracia ha avanzado más desde los años sesenta que durante más de un siglo anterior a ese año porque el resto de sistemas han fracasado, porque “es lo mejor”, se trata de una buena combinación entre democracia y libre mercado. Giddens habla de una “democratización de la democracia”, una democratización, por supuesto, transnacional, que consistiría en “una devolución efectiva del poder allí donde está fuertemente concentrado en el ámbito nacional (…) implica una reforma constitucional y una mayor transparencia en los asuntos políticos.” Desde su punto de vista, este proceso es necesario porque los viejos mecanismos del poder no actúan correctamente en una sociedad en la que los ciudadanos viven en el mismo entorno informativo que los gobernantes.

Lo que está más que claro es que la propia globalización es la culpable de que no exista un entorno informativo plural. Por citar algún ejemplo, mencionaremos las alianzas de la BBC con el grupo Pearson, Cox Comunication y otras compañías para producir y distribuir servicios televisivos globales. A finales de los años noventa la tendencia hacia una industria televisiva comercial global y la consolidación de un mercado de medios globales ha dado un salto gigante con el avance de la televisión digital. Queda por ver cuanto queda para la estabilización del mercado global.
Sabemos que a la segunda guerra mundial le siguió un periodo de auge del capitalismo bajo la hegemonía norteamericana y un nuevo estilo en las relaciones internacionales: competencia “leal” entre aliados y espolio del tercer mundo sin tener que repartírselo geográficamente lo que facilitó la descolonización. La base económica seguía avanzando y sus desarrollos eran cada vez más evidentes tanto en la infraestructura como en la estructura.
En la infraestructura, el desarrollo de las fuerzas productivas ha permitido físicamente la unificación de los procesos productivos, aun cuando estos se desarrollen a distancias considerables. Las comunicaciones y los transportes se han revolucionado de tal manera que las distancias espacio-temporales han dejado de ser un obstáculo para el transporte de capitales. Además la generalización de las modernas tecnologías y la utilización de nuevos materiales ha modificado los procesos productivos.
Respecto a lo que concierne a la estructura, en el terreno de las relaciones de producción lo esencial es el triunfo absoluto del capital financiero y los agentes fundamentales de dicho triunfo son las empresas multinacionales cuyo ámbito de aplicación es el mundo en su conjunto y la banca internacional, que ejerce su papel de centralizadora del capital en el mundo entero.
Pero el capitalismo sigue desarrollándose cíclicamente y entre 1967 y 1973 entró en crisis de superproducción, el mundo se quedaba pequeño y sólo podía ampliarse a través del desarrollo del tercer mundo, convirtiéndolo en nuevos centros (los llamados nuevos países industrializados) y de la absorción de países no capitalistas, es decir, los socialistas.

CIRCUNSTANCIAS POLÍTICAS QUE HAN DESEMBOCADO EN UNA SOCIEDAD GLOBALIZADA.



PENSADORES MARXISTAS.



Karl Marx identificó una tendencia inserta en la lógica del capitalismo, a la concentración, a la supresión de las pequeñas empresas y a la formación de grandes entidades que pretenden arrinconar a la competencia para controlar el mercado. En el manifiesto comunista, Marx y Engels escribieron que “con su explotación del mercado mundial, la burguesía ha impreso un sesgo cosmopolita a la producción y consumo de todos los países”.
Lenin señaló, en su prefacio a la obra de Bujarin La economía mundial y el imperialismo de 1915, que “está fuera de duda que la evolución tiende a la creación de un único trust mundial, que comprende todas las industrias y todos los estados sin excepción. Pero la evolución se cumple en circunstancias tales, a un ritmo tal y a través de tales antagonismos, conflictos y trastornos (…) que antes de llegar a la creación de un Trust único mundial, antes de la fusión superimperialista universal de los capitales, el imperialismo deberá fatalmente quebrantarse y el capitalismo se convertirá en su contrario”. Lo que Lenin quiere decir es que el capitalismo tiende a la mundialización, pero se aventura en su pronóstico: la transformación en su contrario. Lo que Lenin no podía prever era que surgiría algo diferente en el camino, precisamente la sociedad que él contribuyó a crear, la URSS que frenaría dicho proceso durante un largo periodo de tiempo.
Rudolf Hilferding, creador de la conceptualización sobre el capital financiero, en su obra del mismo nombre: “Si se pregunta dónde están los límites de la cartelización, se está obligado a responder que no existen tales límites. Se observa, por el contrario que la cartelización tiene tendencia a extenderse constantemente. (…) Este proceso debería tener por resultado un cartel universal que dirigiera la totalidad de la producción y suprimiera la crisis sería económicamente posible; se lo puede concebir muy bien económicamente pero social y políticamente esta obra es irrealizable, supuesto que el antagonismo de intereses, que parece llevar hasta el extremo, daría forzosamente por resultado su desaparición”. Una vez más es posible la universalización capitalista desde un punto de vista económico, es más, una tendencia observada pero no es posible social ni políticamente, pues la lucha de clases de una forma u otra lo frenará.

Bujarin, uno de los pensadores más acertados del primer cuarto de siglo XX, en su famoso trabajo de 1915 sobre la economía mundial y el imperialismo establece la conceptualización y argumentación precisas para abordar esta problemática, de la cual se carecía en su época: “podemos definir la economía mundial como un sistema de relaciones de producción y de las relaciones de cambio correspondientes que abrazan la totalidad del mundo”. Es la definición moderna del sistema capitalista mundial, entendido cómo estructura de estructuras. O su avance de la teoría del sistema capitalista mundial integrado por un Centro y una Periferia: “el capitalismo mundial, el sistema de producción mundial, ha tomado en el curso de los últimos años el aspecto de algunos cuerpos económicos organizados y coherentes (las grandes potencias civilizadas) y una periferia de países retrasados que viven bajo un régimen agrario o semiagrario. El proceso de organización tiende a salir del marco nacional pero entonces aparecen dificultades mucho más serias”. Bujarin razona aun en términos de economías nacionales que se expanden, es decir, que ensanchan sus fronteras protegidas por aduanas. Es la época del reforzamiento de los Estados-Nación capitalistas y del auge de las rivalidades imperialistas, pero ello se desarrolla con el telón de fondo de la internacionalización de la economía y el capital. Esa es la contradicción del momento y en ella domina aún el Estado-Nación.
Un problema que acosa a estas visiones es que parecen asumir que la globalización a la que se refieren es tan inevitable como saludable. El capitalismo operaría como una aspiradora por la que es inevitable pasar si se quiere transitar más adelante hacia la revolución socialista; es decir, sólo una vez que se verifique el desarrollo de las fuerzas productivas en clave capitalista se hará valer una lucha de clases que exhibirá la necesaria dimensión planetaria y permitirá perfilar el sujeto colectivo llamado a forjar una sociedad socialista, despunta la idea de que a la globalización que describen le seguirá la gestación de un nuevo orden revolucionario y socialista, no parece, sin embargo, que lo anterior sea evidente y el proceso globalizador en curso esté llamado a culminar en una explosión emancipadora.

Aunque el marxismo atraviese una de sus peores épocas sometido al acoso del pensamiento burgués de los reformistas socialdemócratas, lo cierto es que el análisis marxista de la realidad es sumamente útil para reconocerla. Ya a finales del siglo XIX y principios del XX, un selecto grupo de pensadores de esta tendencia supo ver la dinámica interna del capitalismo hacia la mundialización.
Tanto el mencionado R. Hilfreding, K. Kautsky, Rosa Luxemburg, como los ya nombrados N. Bujarin y Lenin están unidos a esta premonición del futuro capitalista mundial. Así, según explica José María Vidal Villa en su obra “Mundialización, diez tesis y otros artículos”, los marxistas pusieron de manifiesto las siguientes tendencias mundiales del capitalismo:

-El capitalismo había dejado de ser competitivo para ser monopolista, dirigido por el capital financiero, en el cual el agente esencial era la Banca.
-El capitalismo había consolidado su expansión internacional creando grandes imperios coloniales.
-Esa expansión imperialista se producía mediante la violenta competencia entre estados nacionales, competencia que daba origen a guerras, entre otras la primera guerra mundial.
-A pesar de dicha competencia económica y dicha lucha armada imperialista, se podía percibir en el trasfondo las tendencias intrínsecas del capitalismo hacia la formación de un trust único mundial y del único estado mundial.

Hoy son los realistas y pragmáticos quienes contienden contra los utópicos e ideológicos (a quienes consideran de la misma familia). La utopía es vista con desprecio y tratada agresivamente. Es colocada del lado de lo ideológico. Y, como nos encontramos en el final de las ideologías, se cree que también estamos llegando al fin de las utopías. Es puesta del lado de lo irracional. Y, como lo que impera hoy es la razón instrumental, todo lo que va en contra de esa razón se considera visceral. Es ubicada del lado de lo política, económica, social y culturalmente desviado, incorrecto, alocado, demagógico. Y eso en tiempos de “orden y concierto” como los nuestros, debe ser combatido hasta su eliminación. Pero, como lo que predomina en nuestra civilización científico-técnica es la razón calculadora, la utopía debe desaparecer o, al menos, hacerse invisible.


VISIÓN DE LA IZQUIERDA FRENTE AL PUNTO DE VISTA DE LA DERECHA



En la actualidad, los críticos de izquierda sólo parecen ponerse de acuerdo en una cosa, en la mayoría de los casos los sindicatos han perdido fuerza reivindicativa y contestataria que en el pasado les caracterizó en muchos y diferentes escenarios. Este hecho es especialmente evidente en los países del norte, en los que la progresiva anulación de los sindicatos antecede al auge de la globalización neoliberal. El modelo socialdemócrata de tratamiento de los problemas laborales ha sido llevado hasta el paroxismo, de tal forma que los sindicatos han ido integrándose en la maquinaria del sistema sin otra aspiración que otorgar una pizca de comportamiento civilizado al capitalismo existente. El deterioro de las capacidades de contestación de los sindicatos le ha debido mucho a su propia burocratización relacionada con la dependencia de los fondos públicos y es que con funciones ya recortadas, la lógica de la globalización neoliberal parece llamada a arrinconar aún más a los sindicatos porque ha generado un desplazamiento de los centros de decisión a favor de los accionistas, ha debilitado las posibilidades de negociación colectivas, ha mantenido a las organizaciones sindicales al margen de cualquier control sobre los fondos salariales y de pensiones, y ha reducido sensiblemente su capacidad de protesta contra planes de reestructuración que responden a las exigencias de los propietarios y no a las necesidades de encarar eventuales dificultades económicas.

La situación es aún peor en los países del sur, allí lo común es que la afiliación sindical sea muy baja, en particular entre las mujeres; además las políticas de deslocalización exigen también, la previa anulación de cualquier resistencia sindical.
Al respecto de los movimientos sindicales europeos, se ha de señalar especialmente la propuesta de Pierre Bourdieu de un nuevo sindicalismo renovado, según la cual se ha de luchar par conseguir que “las burocracias sindicales participen en la redistribución de la riqueza y garanticen el compromiso social evitando las rupturas y los enfrentamientos”. Bourdieu hace un llamamiento para que se cree en Europa una nueva organización capaz de superar la fragmentación, tanto ideológica como geográfica, así como la división sindical e ideológica, pero esto se ha de hacer intentando huir de “los peligros de la monopolización” que según él acosan a los movimientos sociales actuales de toda índole, y “al inmovilismo que crea a menudo el temor casi neurótico a estos peligros”. Desde esta perspectiva se critica que la burocratización de los sindicatos a generado una aproximación, nada deseable de los representantes sindicales a los intereses de los estados alejándose, a su vez, de las necesidades de los trabajadores y de la participación activa de sus propios sindicatos. El debilitamiento de los sindicatos, a pesar de la causa interna se debe, una vez más a las políticas neoliberales de la globalización que supone una flexibilización precaria que da lugar a la transformación de las condiciones y normas de trabajo lo que contribuye a hacer más difícil cualquier acción unitaria.

Las posiciones más críticas desde la izquierda denuncian que el verdadero riesgo está en el inmovilismo, el conservadurismo y el adocenamiento en que se ha instalado una buena parte de la izquierda y sus representantes políticos o intelectuales. Entre este sector crítico destaca el partido francés de “los verdes” que destaca que lo que está en juego es la pervivencia de la política democrática, como la garantía de sociedades libres y con justicia social pacíficas y capaces de responder a las expectativas ciudadanas. En la obra de Daniel Cohn- Bendit y José María Mendiluce, Por la tercera izquierda se critica la ausencia de Europa en los conflictos de Bosnia, Kosovo y Chechenia, hablan de “una ausencia de Europa que se presenta en la incapacidad de frenar el ascenso de nuevas formaciones con viejas e intolerables ideas, como Haider y sus falsos liberales”.
Esta “tercera izquierda” hace entender que la globalización limita la capacidad de decisión de los gobiernos estatales, su autonomía e iniciativa y que, por tanto, faltan piezas para poder decidir sobre lo que pasa aquí, en Moscú, Tokio, en Buenos aires o en el Cairo, se estará mal equipado para responder a las preguntas con respuestas posibles y acciones precisas.

En opinión del partido francés de los Verdes: “el resultado de las elecciones generales en España del 12 de Marzo de 2000 refleja muchos de los cambios de actitud y sensibilidad de la sociedad, sobre todo de sus sectores más dinámicos. Como el estado de los partidos progresistas en general en toda Europa, gobiernen o no gobiernen. En ideas, discursos y personas, la izquierda envejece y se aferra a los tópicos, pero no se transforma, y desde luego, no se transforma ella misma, condición para cualquier cambio. Y el domingo 12 de marzo lo que pasó en realidad, es que se produjo la derrota del pasado, lo que no quiere decir que fuera una victoria de una opción de futuro. Fue la derrota de la renuncia a cambiar, del paso de una victoria de lo social incapaz de comprender que la era de Internet significa muchos cambios sociales y personales, económicos y financieros, y sobre todo significó una mala digestión de la globalización. Porque son eso, muchos miedos a los cambios y por tanto mucha actitud conservadora de las izquierdas. Cuatrocientosmil votos en blanco son la punta del Iceberg y la expresión del descontento cívico de personas que quieren otras ofertas. Y millones de abstenciones que reflejan un peligro para la vitalidad y representatividad democráticas, aunque no reduzcan el número de escaños, aunque no reduzca el número de escaños que se reparten los partidos. En total, tres millones de votos perdidos por la izquierda. Algunos interesados dicen que España ya no es de izquierdas, pero lo que parece es que España ya no es de ciertas izquierdas representadas por dos formaciones concretas: España ya no es de esas dos izquierdas”. En esta obra, Por la tercera izquierda, Daniel Cohn-Bendit y José María Mendiluce, aluden a una nueva revisión de la denominada “Tercera vía”. En este punto deberemos intentar aclarar lo que significa realmente esta tercera opción.

La Tercera vía se representa como postura diferenciada entre el liberalismo y la socialdemocracia, y por supuesto, entre el conservadurismo (tanto el clásico como el de la Nueva derecha) y el socialismo. Ahora bien, conviene señalar como la tercera vía define estos conceptos:

- Liberalismo: Economía de mercado e individualismo.
- Socialdemocracia: Justicia social.
- Neoliberalismo: capitalismo, laissez faire.
- Socialismo: nacionalizaciones, corporativismo, mercados limitados y colectivismo.

Así la tercera vía tiene por un lado al capitalismo y por el otro al socialismo, y dos fuentes vivas desde las cuales se parte y se mira hacia el futuro, el liberalismo y la socialdemocracia. En palabras de Anthony Giddens, el padre ideológico de la Tercera Vía: “El objetivo primordial de la política de la tercera vía tendría que ser el de ayudar a los ciudadanos a dirigir sus caminos a través de las revoluciones más importantes de nuestro tiempo: la globalización, las transformaciones en la vida personal y nuestras relaciones con la naturaleza. La política de la tercera vía tiene que tener una actitud positiva frente a la globalización, pero -y este es un punto crucial- considerándola un fenómeno más amplio que el mercado global. (…) La política de la Tercera vía tendría que preservar un núcleo de preocupación por la justicia social, aceptando al mismo tiempo que la variedad de cuestiones que sobrepasan la división derecha-izquierda es más amplia que antes.” Según Dahrendorf, la idea fundamental en el ámbito práctico, de política real de la Tercera Vía, es conseguir responder a la pregunta: “¿Cómo se pueden crear condiciones sostenibles de mejora económica en los mercados mundiales sin sacrificar la solidaridad básica, la cohesión de nuestras sociedades, ni las instituciones que constituyen la libertad? Giddens sitúa esta forma de unir la creación de riqueza con cohesión social en el contexto de los grandes cambios producidos por la mundialización, el “nuevo diálogo” con la ciencia y la tecnología y, por último, la transformación de los valores y de los estilos de vida.

Después determina seis áreas de política de la Tercera Vía:


1. Una nueva política, o una segunda oleada de democratización que sacudiría directamente al pueblo.
2. Una nueva relación entre el estado, el mercado y la sociedad civil, que una los tres ámbitos.
3. Políticas de oferta a través de la inversión social, principalmente en programas de educación e infraestructuras.
4. La reforma fundamental del estado del bienestar mediante la creación de un nuevo equilibrio entre el riesgo y la seguridad.
5. Una nueva relación con el medio ambiente mediante la “modernización ecológica”.
6. Un fuerte compromiso con las iniciativas transnacionales en un mundo de “soberanía borrosa”-

El 21 de Abril de 2002, el ultraderechista Jean-Marie Le Pen provocó un terremoto político en Francia, al obtener el 17% de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, por encima del socialista Lionel Jospin, que ha sido eliminado de la carrera electoral (y por defecto de la vida política al anunciar su retirada en medio de la angustia de sus partidarios) junto con el resto de los candidatos de la izquierda. El respaldo de Le Pen tiene una inequívoca interpretación: es un voto contra Europa y contra la inmigración, favorecido por la obsesión de la inseguridad ciudadana que han sido los mejores avales de un líder extremista de 74 años. Esta situación convierte a Jacques Chirac en el último valladar capaz de impedir la elección del extremista líder del Frente Nacional como presidente de la República Francesa, en la segunda y definitiva votación del 5 de Mayo. Sólo los candidatos más votados pueden disputar la final y estos son Le Pen y Chirac, el cual, pese a recibir en la primera vuelta en torno al 20% de los votos, será sostenido por los socialistas y los Verdes.

La victoria de Le Pen refleja un voto de crisis favorecido por una campaña electoral totalmente dominada por el miedo a la inseguridad, interna y externa, debida, entre otras causas a al aumento de la delincuencia (un 7% más que en 2001) que se ha visto mezclada con la oleada de actos antisemitas que se ha registrado en paralelo con la tragedia de oriente próximo. El impacto de todo ello ha sido enorme en un electorado en el que un votante de cada dos cuenta con más de 50 años. Se sigue de este modo configurando el espectro de la extrema derecha presente ya en Europa a partir de los casos de Jörg Haider en Austria, Umberto Bossi en Italia o el Partido Popular en Dinamarca.
La extrema izquierda, a su vez, obtuvo el mejor resultado de su historia, ligeramente por encima del 10%, sin embargo todo esto se acompaña del hundimiento del partido comunista. A sus 55 años, Robert Hue, el sucesor de Georges Marchais, ha librado un combate casi imposible: frente al 8´7% obtenido en las primeras presidenciales de 1995, no llegar ni al 4% supone el fin de su carrera política y la confirmación de una crisis profunda por la que atraviesa la fuerza que en las primeras vueltas de todas las presidenciales, hacía sistemáticamente campaña en contra del partido socialista pero organizaba la disciplina de voto de todo su campo político al servicio de la “unión de la izquierda”. Todo un síntoma del profundo cambio operado en el seno de la sociedad francesa y de su sistema de representación política. El problema real para la izquierda plural ha sido que sus distintos componentes han tenido que explotar sus diferencias para existir, han tenido que radicalizarlas. Es obvio que la “tercera izquierda” de los verdes no a causado ningún impacto en la población francesa. El último dato, extremadamente significativo, es que hasta ahora el récord de abstención en unos comicios presidenciales franceses lo ostentaba la elección de 1969, que correspondió a un reflujo conservador de una sociedad que salía traumatizada de Mayo del 68. Entonces en la primera vuelta no votó el 22′4%. ¿Por qué en 2002 ha aumentado la abstención hasta alcanzar el 28′5%? Hay razones que explican una pequeña parte de la misma: el hecho de que los comicios se hayan celebrado en periodo de vacaciones escolares justifica desplazamientos que dificultan el voto. También hay que tener en cuenta el importante número de jóvenes que votan por primera vez y que no figuran inscritos en el censo electoral porque ahora dicho trámite ha dejado de ser automático. Pero eso no basta para comprender por qué el escoger presidente, que era lo que más interesaba a los franceses, tiene ahora un interés prácticamente nulo. Hasta 1995, el presidente era elegido por siete años, dos más que los diputados, y de ese modo tenía un privilegio de control sobre las dos cámaras. En 2002 el presidente será elegido sólo por cinco años. El presidente ha dejado de ser una variante republicana del monarca absoluto para transformarse en un doble absurdo del Primer Ministro. La abstención que ha superado el 40% en ciudades tradicionalmente socialistas como Lille, y la dispersión del voto a favor de la multitud de pequeños candidatos de izquierda han dinamitado la candidatura de Jospin, que había sido desdibujado los últimos quince días de campaña, atrapada por el discurso obsesionado por la lucha contra la inseguridad. Pero Chirac, al exagerar de manera desaforada los peligros de la delincuencia y, sobre todo, al propiciar la imagen del político profesional como un tipo corrompido y sin principios, ha abierto la puerta al éxito de Le Pen.

CAPITALISMO VS COMUNISMO


ESTENSIÓN DEL MODELO CAPITALISTA AMERICANO



Desde hace algún tiempo se habla de dos tipos de capitalismo, el europeo y el americano, el renano y el anglosajón. Según el criterio más extendido, el modelo norteamericano o anglosajón, se asienta en el éxito individual y en la empresa privada. El empresario toma, las decisiones que estima convenientes para acrecentar los beneficios, con clara primacía del corto plazo. La productividad, las diferencias salariales, el despido libre y, en general, el trabajo-basura tienen, también un relieve decisivo en esta modalidad de capitalismo en la cual se han impuesto históricamente el consumo (a través del crédito) sobre el ahorro y el déficit en la balanza comercial sobre el equilibrio de esta. En este modelo el Estado desempeña un papel sensiblemente menor que en el rival renano, reducido en los hechos a la asunción de tareas en el terreno de la investigación, la justicia o la defensa. Los programas son muy livianos y los servicios correspondientes dejan de lado a una parte significativo de la población, como revela el hecho de que un 16% de la población estadounidense carezca de cobertura sanitaria, en un país en el que la atención dispensada a los inmigrantes es muy escasa.

Por lo que se refiere al segundo modelo, el europeo, lo común es sostener que es el propio de las economías de la UE y también, según algunas interpretaciones el de Japón. En este modelo las empresas configuran genuinas comunidades en las que los propietarios, direcciones y trabajadores tienen derechos más o menos perfilados. Existen objetivos que trascienden a la productividad, como los que aspiran a ampliar mercados y a acrecentar el número de puestos de trabajo. Las decisiones se toman a más largo plazo que en el modelo anglosajón y en ellas participan de manera significativa los bancos. En el modelo europeo los estados desempeñan un papel mucho mayor que en el anglosajón, algo que se traduce en servicios sociales de innegable importancia y presunta condición universal.
La gran pregunta que plantea la globalización neoliberal es si al principio del siglo XXI tiene sentido preservar la distinción entre los dos modelos o si, por el contrario es obligatorio reconocer que el primero de ellos ha adquirido un claro predicamento en detrimento del segundo. El hecho de que buena parte de la socialdemocracia europea haya atacado muchos de los postulados neoliberales obliga a reconocer que, hoy por hoy, es el modelo anglosajón el que está ganando la partida.

El sociólogo francés Alain Touraine distingue tres tipos de producción según el grado de intervencionismo del estado:

- Modelo capitalista: La burguesía es el motor de desarrollo de la nación, el gobierno no contribuye apenas, un ejemplo es el de Inglaterra, Francia Y Estados Unidos.
- Modelo estatalista: El protagonista del desarrollo es el Estado aunque puede contar con la ayuda de una burguesía débil (Alemania nazi, Italia fascista o Japón), o bien sin ninguna ayuda de la burguesía (Rusia, China y otros países socialistas).
- Modelo populista: El desarrollo viene impulsado desde el exterior (Argentina o Egipto).

Touraine advierte que socialismo y capitalismo son modos de desarrollo y no de producción, porque ambos representan sociedades de carácter industrial. El capitalismo es la industrialización por la burguesía y el socialismo es la industrialización por el Estado de carácter revolucionario. A pesar de ello el capitalismo o economía de libre mercado y el socialismo o economía de planificación centralizada, no tienen por qué ser los únicos modelos de desarrollo.
El proceso de internacionalización del capital y de globalización de la economía se produjo en un marco condicionado por la existencia de dos bloques político-económicos.
El sistema capitalista mundial, se articuló en torno a la hegemonía norteamericana y al campo socialista de la URSS (enemigo incondicional de capitalismo) y por tanto al enfrentamiento polarizado por ambos bloques y por sus distintos sistemas económicos. Esto dio lugar a la guerra fría, a la carrera armamentística y a la disolución de las contradicciones interimperialistas. Mientras duró esa situación, el enemigo principal del capitalismo fue la URSS, sus aliados y los países en vías de liberación nacional y no la diferencia entre unos países capitalistas y otros. Las contradicciones interimperialistas se situaban en una segunda posición.
El proceso histórico que va desde 1945 hasta la última mitad de los años 80 se caracterizó por un implacable avance del socialismo. Numerosos países se desconectaban del sistema capitalista mundial (China, Corea del norte, Cuba, Vietnam, Laos, Camboya, Yemen, Angola, Guinea, Europa Oriental y central, etc.) y en otros los movimientos de liberación nacional representaban la esperanza de liberación y construcción del socialismo, la opción política anticapitalista. Todo hacía parecer que el sistema capitalista acabaría desapareciendo y que las fuerzas de progreso socialistas terminarían por imponerse.

En 1967 aparecen los primeros síntomas de agotamiento del auge de posguerra. EEUU tiene por primera vez un saldo desfavorable en su balanza comercial y por ello el sistema monetario entra en crisis. Todo ello es efecto del desarrollo desigual del capitalismo y de la pérdida de la hegemonía relativa norteamericana ea favorece sus aliados europeos y Japón. La crisis se generaliza en 1973, debido a la subida de precios del petróleo decretado por la OPEP y afecta a todos los países del sistema capitalista, e incluso comienza a afectar al bloque socialista. No obstante, en el contexto de la Guerra fría y de la política de bloques impide que las contradicciones intercapitalistas se manifiesten violentamente. Lo principal de este periodo es aun el “peligro comunista”. No en vano EEUU acaba de perder su primera guerra de agresión en Vietnam. El retroceso capitalista parece un hecho consumado.
En el otro extremo de la contradicción, es decir en los países del socialismo rea, la situación no es muy buena. La ruptura Chino-soviética, el estancamiento de los países de Europa central y oriental y en la propia URSS y la imposibilidad de desarrollar a los países que se liberan del capitalismo en el Tercer mundo, hace entrar en crisis a una concepción del mundo basada en la constitución de economías y sistemas políticos a imagen y semejanza del soviético. La Primavera de Praga, el notable éxito del Sindicato Solidaridad en Polonia, y la invasión de Afganistán son los síntomas de la imposibilidad de expansión del estado de las cosas. El pensamiento marxista entra en una profunda crisis de identidad.
La crisis mundial acaba por desviarse hacia los países del tercer mundo (crisis de la deuda) y, al propio tiempo, agota las posibilidades de desarrollo en los países del campo socialista.

UN NUEVO TERCER MUNDO EN EL ESTE DE EUROPA.



La crisis económica origina un veloz cambio tecnológico en los países capitalistas, que los socialistas no están en condiciones de asumir, debido a la enorme rigidez del sistema de planificación central. A ello se una la insatisfacción de las masas populares en esos países que no logran los niveles de “bienestar” propio de los países desarrollados de Occidente. Si a ello se une la falta total de democracia formal, la difusión de la corrupción de las burocracias y un reflujo del espíritu revolucionario en el ámbito mundial, queda configurada una situación proclive al cambio del sistema. Por ello la perestroika de Gorbachov cayó en campo abonado y sólo encontró resistencias en los sectores más aferrados a la burocracia estatal, por ello también se desmoronaron los regímenes de Europa Central y Oriental. Con mayor o menor rapidez en seis mese calló el temido “Telón de Acero” que se saldó con la absorción de la RDA por Alemania Occidental y con la victoria generalizada de fuerzas de derecha en las elecciones celebradas en todos estos países.

Los procesos de Europa Central y Oriental fuero muy rápidos. El de la URSS lo fue menos, pero se dirigió hacia una misma solución: restauración del capitalismo, implantación de un régimen democrático burgués y desmembramiento de la Unión.
Muchas veces se ha señalado que el programa de “guerra de las Galaxias” enunciado en 1984 por el entonces presidente norteamericano Reagan fue la puntilla para la economía de la URSS, aunque lo suyo es señalar que no fue el designio soviético de aportar la enésima respuesta a la carrera de armamento norteamericana lo que condujo al país a un rápido descenso a los infiernos. Los problemas eran mucho más hondos y, como ya he señalado, databan de la segunda mitad de los 60, cuando la economía se hallaba inserta en un creciente caos en el que las pretensiones de la economía planificada centralizada chocaban con la opacidad del funcionamiento de tantas empresas y con unos trabajadores que rendían lo menos posible. La palabra “crisis” se extendió por doquier. Los problemas se manifestaban, en primer lugar a través de una progresiva reducción en el crecimiento, acompañada de notables retrasos en la innovación tecnológica. Las fallas de organización en las empresas eran muy notables, los métodos burocráticos imperaban, el esfuerzo inversor se centraba abusivamente en la industria pesada y en la generación de medios de destrucción, y los servicios sociales, cada vez más anticuados e ineficientes. Las instituciones políticas mostraban una visible inadecuación con respecto a las demandas de una sociedad que resultaba ser cada vez más compleja, en tanto la abusiva centralización del estado impedía tratar de manera adecuada los problemas de repúblicas y regiones. En el trasfondo de esta situación se apreciaban los efectos de un sistema en el que la burocracia había abandonado cualquier veleidad de gestación de una sociedad en la que la democracia de base o las políticas de igualdad desempeñasen algún papel. El anterior fue el marco en que se gestaron la pseudorreformas gobacvhoviana, y digo pseudorreformas porque la perestroika no trajo otra cosa que un amplio debate que apenas tuvo efectos en términos de transformaciones reales, y si lo tuvo, lo ejerció a través de un progresivo despertar de fuerzas dormidas que al poco demostraron inusitada vitalidad. En ese escenario, no puede sorprendes que, al calor de la cuestión nacional o del auge de un capitalismo mafioso, una parte significativa de la burocracia dirigente pujase por escapar de la quema y procurar integrarse en un nuevo mundo lleno de incógnitas.
Los programas económicos desplegados en los años 90 en la mayor parte de Europa Central y Oriental exhibieron unos cuantos rasgos comunes. Entre ellos una apuesta generalizada por la privatización, la desmonopolización, la supresión de las ayudas estatales a las empresas, la flexibilización de las normas laborales, la liberalización de los precios, la instauración de la convertibilidad de las monedas y una apertura a los capitales foráneos.
Los resultados de las reformas han sido poco estimulantes. En la mayoría de los países se han verificado reducciones dramáticas en la producción y en las inversiones, acompañadas de inflaciones disparadas. En el periodo 1990-1998 los salarios reales se han reducido por encima del 40% en muchos países como Moldavia o Rusia entre otros. Muchas de las medidas instituidas han sido un fracaso. Tal ha ocurrido con los programas de privatización o con el designio de reducir drásticamente las subvenciones estatales a empresas deficitarias. La presencia de capitales foráneos sigue siendo marginal en muchos países y apenas parecen haberse realizado progresos en el sentido tecnológico.

Claro es que los peores efectos de las reformas se han dado en el ámbito social. Aunque la situación social de los sistemas antecesores era ya muy delicada, los problemas se han disparado. Así el porcentaje de población que malvive por debajo del umbral de la pobreza ha crecido en todos los países: el conjunto de Europa central y oriental se elevó de un 4% en 1998 a un 32% en 1994.
En la mayoría de los países de Europa central y oriental operan hoy tres lógicas diferentes. Las dos primeras -una economía de bazar precapitalista, asentada en el trueque, y los restos de las economías de planificación centralizada imperantes hasta 1989-1991- se hallan en franco retroceso. No ocurre lo mismo con la tercera, configurada en torno a un capitalismo, y ante todo el color de inmorales privatizaciones, se han labrado en virtud de operaciones de cariz especulativo-financiero, formidables fortunas que las más de las veces han sido extraídas ilegalmente fuera de las economías.
La importancia de la economía mafiosa en un país como Rusia es innegable: según una estimación gubernamental, habría llegado a protagonizar entre un 40 y un 60% de las transacciones comerciales, se habría hecho con el control de los principales bancos y estaría en posesión de la parte del león del sector público privatizado en el decenio de 1990.

No deja de ser sorprendente que el FMI haya cerrado los ojos ante un hecho lacerante, el del valor de los créditos del Fondo que Moscú fue recibiendo hasta 1999 era sensiblemente inferior al de las sumas que eran objeto de evasión ilegal.
De todo lo anterior cabe destacar una conclusión general: al margen de provocar graves problemas de apoyo social a los gobiernos, los programas de estabilización que han cobrado cuerpo al amparo de los planes de ajuste del Fondo Monetario han suscitado en buena parte de la Europa central y oriental efectos muy semejantes a los que se han hecho sentir en el Tercer Mundo.
En la Europa central y oriental se hacen valer situaciones muy distintas. No ha sido el mismo, a partir de 1989-1991, el derrotero asumido por unos cuantos países de estados centroeuropeos como Polonia, República Checa o Hungría por poner algún ejemplo, que el protagonizado por las repúblicas que formaban parte de la antigua URSS.
La mayoría de los especialistas han acabado rechazando algunos horizontes teóricos que se han barajado en torno a la Europa central y oriental. Tal ha sucedido en primer lugar, con el que sugería que en estos países podía cobrar cuerpo un nuevo plan Marshall que, articulado por las potencias capitalistas, permitiría una rápida reconstrucción de las economías. Las ayudas que han llegado han sido, sin embargo menores, de tal forma que esta perspectiva no ha adquirido carta de naturaleza. Tampoco parece que haya ganado terreno un proceso de “taiwanización” en estas economías. Dejando de lado el hecho de que ese modelo ha entrado en una crisis, habría que preguntarse que es lo que en un escenario de saturación de los mercados internacionales, estarían llamados a producir 400 millones de europeos orientales. La economía de Rusia es una realidad muy compleja, y no parece que su sector de producción de petróleo y gas natural tenga el relieve suficiente para tirar de una metalurgia y de una siderurgia caducas, o para aquilatar las bases de una revolución tecnológica asentada en la informática y ámbitos afines.

La obligación de descartar todos estos horizontes ha invitado a perfilar otros de carácter más pesimista. El principal de ellos es el que invoca una perspectiva de “latinoamericanización” o “tercermundialización” de muchas de estas economías. En Rusia y en otros países del oriente europeo se registra ahora un debate semejante al que se manifestó cien años atrás en América Latina: en esta última eran entonces muchos los que daban por descontado que sus países se incorporarían sin problemas al carro del Norte desarrollado, no en vano disponían de burguesías nacionales asentadas, de clases trabajadoras más o menos especializada y de materias primas cotizadas en los mercados internacionales. Hoy sabemos que semejantes activos no permitieron, sin embargo, que Argentina o Brasil, Colombia o Chile, accediesen a la privilegiada condición de los más ricos: la dependencia sigue marcando su realidad contemporánea.
Aunque pueda deducirse que en Rusia, y en otros países de la Europa central y oriental, los activos no son comparativamente muy diferentes a los que se identificaban un siglo atrás en América Latina, la realidad presente sugiere que lo que se está abriendo camino en muchos casos es una efectiva tercermundialización (de hecho, según el PNUD la renta per cápita en la Europa central y oriental es hoy inferior a la que se registra en América Latina). Muchos de los conceptos que en el pasado nos han servido para dar cuenta de lo que ocurría en el Tercer Mundo empiezan a venirnos como anillo al dedo para describir las nuevas realidades del oriente europeo. Entre los signos más claros de esa tercermundialización se encuentra una dramática incapacidad para competir en los mercados internacionales, un creciente desfase tecnológico, unas deudas externas a menudo notables, la manifestación de agudas divisiones sociales que a menudo permiten que algunos sectores vivan inmersos en el consumo más desenfrenado mientras el grueso de la población padece una situación de penuria, o unos flujos migratorios importantes camino de las economías más prosperas de Europa occidental. Además los regímenes autoritarios no faltan en escenarios marcados por la debilidad de la sociedad civil y de las organizaciones de resistencia.
El horizonte descrito no puede entenderse sin una consideración de cuales son los objetivos que guían a las potencias occidentales: Explotar una mano de obra barata y hacerse con el control de recursos energéticos muy cotizados. La Europa central y oriental apenas se ha incorporado a los procesos de producción e innovación de los países capitalistas desarrollados, de tal forma que su nueva producción industrial responde al proceso de dar satisfacción a la precaria demanda interna. No hay ningún antecedente que invite a concluir que las potencias foráneas están dispuestas a reflotar generosamente economías que antes o después podrían convertirse en competidores efectivos. Los planes que el FM ha instaurado en la región responden, en otras palabras, a los mismos objetivos que guiaron los desplegados en el Tercer Mundo: sanear las economías para facilitar su pleno control externo.

Pero, lo más llamativo y sorprendente del caso es que, mientras se destierra a la utopía de todo territorio de lo humano, se nos está haciendo creer que se está haciendo realidad a través de la globalización. Ésta sería según el neoliberalismo, la traducción política y económica del “mejor de los mundos” del que hablaba Leibniz. Con el capitalismo democrático, dirá Francis Fukuyama, la humanidad ha llegado al fin de la historia; ya no se puede aspirar a más. Ha nacido el “hombre nuevo”, que era el ideal de la ilustración. Se ha hecho realidad el reino de Dios en la historia, que ha sido siempre el viejo sueño de los milenarismos. Consecuencia: carecen de sentido las preguntas de Kant: “¿qué debo hacer?, ¿Qué me cabe esperar?”. No hay nada nuevo que esperar, por que el objeto de la esperanza se ha logrado, no hay nada que hacer porque todo está hecho. No hay nada por lo que luchar porque la esperanza ya se ha hecho realidad. Y mucha gente termina por creerse que la globalización constituye la plena realización de la utopía en el aquí y ahora. Pero esta argumentación tiene trampa. La globalización es un proceso imperial que pretende uniformar las culturas, controlar las economías y someter todo tipo de heterodoxia al pensamiento único. Es un manto con el que se quiere ocultar el fenómeno de neocolonización del mundo por el capital multinacional. Es, a su vez, una construcción ideológica, y no la descripción del nuevo entorno económico; una interpretación errónea de la realidad que sustituye a una descripción exacta.


MODERNIDAD Y POSTMODERNIDAD



TRANSICIÓN ENTRE AMBOS MODELOS Y CARACTERÍSTICAS BÁSICAS


La modernización es un conjunto de procesos y de transformaciones de muy distinta índole. Para que estos cambios sean factibles es necesario, por tanto, un complicado proceso de industrialización y de urbanización. Los cambios no sólo han de ser económicos sino que se han de dar una serie de transformaciones a todos los niveles, hablamos de cambios en la familia, en los estamentos clásicos de la sociedad, en la educación y en la concepción moral de la sociedad.
Un autor que ha explicado las diferentes etapas del proceso industrializador ha sido Rostow. Su modelo consta de cinco etapas sucesivas que han tenido lugar en los países que hoy están avanzados industrialmente, y que, según el autor, seguirán los países que aún se encuentran en vías de desarrollo. Estas son las cinco situaciones que propone Rostow:

1. Sociedad tradicional:

Puesto que no existe la posibilidad de aplicar los avances científico-técnicos modernos, se pone un tope al nivel de producción obtenido per cápita. La mayoría de los recursos se invierten en la agricultura. Adquiere una gran importancia la institución familiar y la vida comunitaria. El sistema de valores implica inmovilismo, resignación y fatalismo a largo plazo.

2. Condiciones previas al impulso inicial:

Esta etapa se da en Europa occidental a finales de siglo XVII y principios del XVIII, especialmente en Inglaterra por disponer de una situación, en materia de recursos naturales y de políticas flexibles, propicia. En el caso de otros países que no disponían de las ventajas inglesas, el despegue es impulsado desde el exterior. Aparecen instituciones para el manejo de capitales como los bancos. Aumenten las inversiones en materia de comunicaciones y transporte. A pesar de que se había afianzado la posibilidad de un progreso eficaz, la actividad económica evoluciona muy lentamente, estando aún vigentes los antiguos procesos industriales de baja productividad y los arcaicos valores sociales.

3. El despegue.

Este es el paso definitivo, el take-off. Se superan los impedimentos para un crecimiento permanente y las fuerzas de crecimiento económico se consideran ya una “condición normal”. La modernización se convierte en un objetivo político. La estructura económica básica, como la social y la política se transforman hasta que el crecimiento adquiere un ritmo fijo y regular.

4. El camino hacia la madurez:

Ya existe un crecimiento sostenido que, tras unas seis décadas a partir del despegue, desemboca en una situación de madurez. Según Rostow, la economía concentrada en un complejo tecnológico e industrial limitado comienza a abarcar un radio de acción mucho mayor. Los procesos son más refinados y complicados y las mejoras permiten un incremento del capital.

Es importante señalar que la secuencia de Rostow ha podido acortarse en la cuarta etapa sobre la base de la experiencia de otros países desarrollados. Así por ejemplo, en la sociedad española, una sociedad de industrialización tardía, aun hay personas que ocupan por su edad los últimos estratos de la pirámide de la población han conocido personalmente una situación preindustrial durante su juventud, un proceso de industrialización acelerado desde finales de la década de los cincuenta y, actualmente, evidentes muestras de postindustrialismo, típicas de una economía de la información y de los servicios, cuando ya pertenecen al colectivo de la Tercera Edad.
Actualmente, la cuestión de postmodernidad es esencial en cualquier intento de describir los cambios culturales y de comprender los fenómenos sociales contemporáneos. La cultura de la postmodernidad nos ofrece la oportunidad de evaluar la modernidad y de renunciar al futuro que esta nos prometía. La cultura de la postmodernidad certifica ciertos cambios relacionados con ella misma a los que damos el nombre de postmodernidad.
En la primera parte del libro “Utopía”, los rebaños de grandes terratenientes invaden la campiña y desplazan a los campesinos ingleses. Las ovejas están devorando a los hombres, afirma Moro. Luego aparece la descripción de un país ignoto, descubierto por uno de los acompañantes de Américo Vespucci, en el que todas las riquezas y los trabajos están distribuidos con espíritu de equidad. Al hablar de Utopía, Moro expresa su personal conocimiento de los vicios y las flaquezas de la sociedad inglesa. Traduce él su rechazo a las guerras, a la violencia, a la miseria, a la repugnante tiranía de la indigencia. Las ideas de Tomás Moro alumbran el mito del “buen salvaje”. Del poso de esta metáfora de redención humana que es Utopía surgen los principales ejes del pensamiento revolucionario de la Francia iluminista. Rousseau afirma que el regreso a la naturaleza hará del hombre un ser naturalmente bueno. Naturaleza, realidad y verdad constituyen una y la misma cosa a los ojos de Rosseau.
A pesar de ello, en la España de la contrareforma y el Índice, la noción de Utopía ha de ser tan borrosa como incierta. Los conquistadores hispánicos dudan de la índole humana del indio, de su aptitud para el raciocinio; inclusive su capacidad para la asimilación de los Evangelios. Será necesaria una bula de Paulo III para que nuestros ancestros españoles admitan que se trata de hombres, y no de bestias, los seres vivos que ellos distribuyen y asignan en sus encomiendas.

Antes de la Ilustración, la Reforma cambió el marco cultural de occidente. Los triunfos de la modernidad (Crecimiento económico, el urbanismo, el sistema político democrático, la ciencia y la tecnología) resultaron tener dos caras. El resultado es el nihilismo en todas sus facetas: desamparo, autosatisfacción, etc. Después de que la religión cayera en descrédito como medida de interpretar la historia, el progreso (su equivalente) sufre la misma suerte. La modernidad no conduce a ninguna parte y la consecuencia de ello es nuestra situación postmoderna.
El Boom consumista que siguió a la II Guerra mundial despertó esperanzas en las posibilidades de una sociedad postindustrial que superase las desigualdades del capitalismo temprano y diera lugar a una nueva condición social basada en el conocimiento. Los ordenadores y las telecomunicaciones eran esenciales en esta idea.
La globalización proclamada como un proceso idílico, seduce a la población mundial con la esperanza de beneficiarla respetando sus peculiaridades y brindando nuevas posibilidades de información. Pretensión sin visión realista ya que el acceso es limitado y las posibilidades no son equitativas. Por otra parte, el proceso de la globalización corre paralelo a distintos intentos y realizaciones de modelos de integración regional que también muestran grandes paradojas e incoherencias. Una ligada a la dialéctica entre proteccionismo y liberalización; otra al doble rasero por el que se mide la reapertura de fronteras a los capitales, servicios y mercancías y su cierre a la libre circulación de personas. Además, estas integraciones económicas dejan excluidos al ámbito social y a las regiones, cada vez más marginadas.
La época plantea una postmodernidad donde impera lo fragmentario, lo efímero, lo discontinuo, el pluralismo, la existencia de un gran número de mundos posibles o, de forma más simple, espacios inconmensurables que se yuxtaponen o se superponen entre sí.
La ficción postmoderna, alejada de las grandes cuestiones epistemológicas, opera desechando las retóricas de verdad y progreso, desembocando en el relativismo absoluto. La retórica del postmodernismo es peligrosa en la medida en que se niega a enfrentar las realidades de la economía política y las circunstancias del poder global.

La postmodernidad, al enunciar un tipo de sociedad donde existe un claro desgaste de la utopía, desechando los meta-relatos del siglo XX (como el marxismo, el socialismo, etc.), ayuda al neoliberalismo a encontrar un camino limpio y llano donde sembrar sus planteamientos. Estos inscritos en el vértigo de la globalización, producen un nuevo meta-relato. Pero el neoliberalismo, en su afán de abarcar todo tipo de sociedades, es todavía más meta-relato que el marxismo, ya que este centraba su análisis exclusivamente en la sociedad capitalista.
El pensamiento conservador se muestra crítico e incómodo con la utopía. Al tener una concepción pragmática y productivista de la realidad y de las relaciones humanas, la utopía le parece ineficaz. El discurso utópico se queda en mera palabrería, se evade de la realidad y se muestra inoperante, ya que no dispone de los medios materiales para hacer realidad lo que anuncia. Además, argumenta el pensamiento conservador, la utopía es profundamente desestabilizadora del orden establecido, que debe salvarse por encima de todo, ya que es el estado natural del mundo. Si no se salva el orden se impone el caos.
Pero lo que más pesa en la crítica de la tradición conservadora es el miedo a que se haga realidad la utopía de la justicia e igualdad en el mundo; en cuyo caso quienes siempre han detentado el poder y han vivido en la abundancia, perderían sus privilegios, y quienes se han sentido excluidos accederían a unas condiciones dignas de existencia.
También la postmodernidad se muestra especialmente molesta con la utopía y hace todo lo posible por eliminarla de su horizonte vital. El clima postmoderno declara fracasados los grandes ideales de la modernidad. Y parte de razón no le falta. La `postmodernidad proclama el final de los grandes relatos y renuncia a formular proyectos de transformación real de la sociedad. Ahí demuestra su faz antiutópica. Niega todo valor de la utopía apoyándose en dos bases. La primera, el idealismo y el transcendentalismo que definen a la utopía. “Tomar partido por una conciencia y una sociedad a-utópicas es algo necesario hoy. El fin de la utopía, a fin de cuentas tiene una virtud incuestionable: nos baja del cielo a la tierra”. La segunda consiste en negar todo sentido a la historia. “No existe telos alguno de la historia, si no que esta, al contrario, se presenta como experiencia repetitiva - a través de mediaciones simbólicas siempre nuevas y con distintos grados de conciencia- de la misma imposibilidad de conciliación”. Vattimo matiza un poco más esta idea y habla del “fin del sentido emancipador de esta historia”.





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