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Danzantes del Anáhuac parte 3 - Monografía



 
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Grupo Ollin Cuauhtemozi (Movimiento de Cuauhtémoc) del Zócalo (a un costado del Templo Mayor)



Este círculo, llamado “Movimiento de Cuauhtémoc”, es un grupo mexicanero que realiza la danza fuera de todo sincretismo católico.  Cuenta con aproximadamente 40 integrantes, de todas las edades (desde los 2 años hasta 65 años), pero sólo unas 15 personas danzan de manera permanente, los otros sólo lo hacen de forma esporádica.

Pudimos distinguir cierta jerarquía en el grupo. Aproximadamente tres miembros fungen como líderes o guías del grupo a quienes todos respetan. En su organización, de naturaleza militar, participa un Tlatoani encargado de la “primera palabra”, un sargento conocido como ometecutli,  un consejero  o tze-teclutli, una malinche, alferez, soldados y principiantes.

El grupo Movimiento de Cuauhtémoc danza sobre un círculo dibujado  en el suelo, el cual representa el mundo  y a sus cuatro elementos:   agua , aire , tierra y fuego. Los pasos de la danza, realizados sobre dicho círculo, se supone que tienen una representación en el orden cósmico.

Al  centro del círculo se coloca una ofrenda con la representación de los cuatro elementos, y a un lado se coloca el huehuetl, que marca el ritmo que lleva la danza. Es muy importante mencionar que el principio de la danza se hace el saludo a los cuatro puntos cardinales mediante el sonar del  caracol. Esto también lo hacen con la finalidad de llamar a la gente para que escuche el mensaje inicial y la explicación del porque de la danza y la mexicanidad. Pero muy particularmente también pudimos observar que en el centro se coloca un canasto en  el cual recolectan el dinero que pide a los espectadores.

Aunque danzan varios días de la semana, los fines de semana inician una hora antes ya que hay más visitantes nacionales y extranjeros, así como grupos numerosos de gente que visita el museo del templo mayor. También es notorio que los sábados y domingos acuden más integrantes del grupo, entre danzantes y artesanos, y la indumentaria que usan es más ostentosa y colorida.

La vestimenta que utilizan los integrantes del grupo se compone de: Maxtla (taparrabo), coxcapetlatl (pectoral), en los cuales se representan el nombre y fecha de la persona que lo porta, copilli (corona o penacho), maitemacatl (muñequeras), coicehuatl (rodilleras) , chimal, que es el escudo que representa la protección a la mexicanidad, ayoyotl o ayoyotes que son conchas o semillas que simbolizan el movimiento del cascabel, y con eso llevan el movimiento de la danza. Los colores que llevan las vestimentas son en alusión a los minerales y metales que utilizaban  sus antepasados: jade, obsidiana, oro, plata y algunos otros.

Aunque los miembros del Ollin Cuauhtemozi se han incorporado a él por distintas vías, todos intentan reivindicar la palabra de Cuauhtémoc y la cultura azteca-chichimeca.   Iztlacuatli (águila que emerge), un danzante de 32 años de edad, se integró al grupo hace dos años, pero anteriormente danzaba con otros grupos de Iztapalapa.  Elizabeth es una joven de 18 años quien, dice:   “Yo por ejemplo me inicie sin querer, aquí hay grupos de ensayo, te puedes integrar no importa con que grupo sea… Yo no bailo por dinero, sé que tengo necesidades, pero aquí bailaban ellos, mis abuelos, estamos muy cerca del Templo Mayor, se llama teocalli porque teocalli en náhuatl significa casa, para mi representa mucho, me gusta estar aquí “.  Por su parte Xipatli (cocodrilo) señala: “la forma en que me integré a la danza azteca es básicamente a través de la tradición de mi familia, en este caso fue heredada por mi padre, el cual básicamente nos transmitió esta rica cultura de nuestro pueblo y que se desconoce, al menos yo trato de transmitir esta sabiduría a mis hijos pero no se las impongo”.

Ellos mismos se definen como mexicaneros, y, además de danzar, se dedican a la  venta de artesanías, realizan limpias, recitales de poesía y lectura de  pasajes históricos.

A diferencia de otros grupos, éste está constituido por danzantes y por artesanos. Estos últimos pueden participar en la danza o bien sólo dedicarse a la venta de artesanía para la manutención del grupo, pero siempre deben someterse a las normas que rigen al colectivo.

Algunas de las actividades distintivas de este calpulli son las que tienen que ver con la obtención de ingresos. Ya  sea por la venta de artesanías, ya por la solicitud de donaciones,  estas actividades denominadas  chimaleo por ser el chimal o escudo, originalmente, el objeto utilizado para recojer el dinero son comunes y cotidianas en el grupo.   La utilización del chimal para recaudar dinero es vista,  por los grupos mas ortodoxos,  como una falta de respeto a la tradición, debido a que el chimal dentro de la vestimenta es un instrumento de protección. Por ello, los danzantes del movimiento de Cuauhtémoc han preferido utilizar una cesta para la recolección de dinero, a fin de evitar “faltarle al respeto al chimal”.  Al interior de las relaciones de los grupos de danzantes, el hecho de lucrar con la danza es juzgada como menos legítima porque no reproducen honestamente la mexicanidad, para los  danzante guerreros no se  debe vivir de la danza.

Es interesante anotar, también, que este grupo enarbola el discurso de la “reindianización”, como manera de rescatar la mexicanidad prehispánica , aquella que se ha ido perdiendo tras siglos de dominación colonial.  Basan su discurso en la idea de que ellos permanecen idénticos a través del tiempo, del espacio y el contexto en general, a pesar de estar conscientes de ser mestizos: es decir, su identidad se basa en un proceso de apropiación histórica confiriéndole sentido a su actividad social y cultural para asumirse como un grupo o unidad.

Los danzantes mexicaneros creen que su actividad es un justo reconocimiento a la vitalidad de la cultura prehispánica. La danza, en éste caso, es una forma desarticulada, pero significativa para expresar una cosmovisión dentro del discurso política-social-cultural.


2.2 La construcción de la identidad danzante: el tiempo, el espacio y el rito en la conformación de la mexicanidad



El rito de la danza no es solamente un fenómeno sujeto a un espacio y un tiempo histórico, sino que en sí mismo crea e imagina tiempos y espacios simbólicos. Los danzantes, como constructores de identidad, dan cuenta de un mundo de vida o cosmovisión particular, entendida como una forma de representar el mundo.

La identidad, eje de nuestra investigación, la entendemos como un proceso de reconocimiento con unos y negación frente a lo otro, a lo que no se es. Este es solo el principio pues la identidad se construye a partir de un juego constante de identificaciones entre los individuos que, pese a que se asumen como parte de un grupo, reconocen también sus diferencias frente a los sujetos con los que se sienten identificados. Así, en un mismo grupo puede haber una gran diversidad de orígenes, religiones, intereses y trabajos.

Esta identidad se conforma en la creación de un espacio común que se reconoce como el espacio de la danza. Para entender cómo se construye su identidad, partimos de las variables tiempo/espacio.

La idea de centralidad rige al espacio donde se realizará la danza. En lo cotidiano “el centro” es significado por los otros, que lo ven desde fuera como el lugar donde se reúnen los danzantes. Los centros de la ciudad, el de Tlalpan, el de Coyoacán, el de Xochimilco, son significativos antes y después de la danza. Son lugares comunes de encuentro, tránsito, comercio, paseo y recreación, tradición y recuerdo. Pero para los danzantes, mientras danzan en ellos, los centros se reconstituyen de manera única y diferente. No se llevan ofrendas ni se acude a dichos espacios como si fuesen espacios sagrados fuera del tiempo de la danza, por ello no parecen ser centros sacralizados (como sí lo serían aquellos en donde existen vestigios del esplendor de la civilización azteca), pero si son reapropiados y creados como espacios sagrados de forma temporal.

Los danzantes del Anáhuac, sean aztecas, mexicas o concheros, representan una forma de resignificación de la producción material y simbólica de su quehacer, que se ubica no sólo entre lo tradicional y lo urbano, sino entre dos dimensiones: por un lado  la del mundo sagrado que abre la danza y por otro el mundo profano.

Tanto lo sagrado como lo profano son dos formas de estar en el mundo, de vivir y representar la realidad. El momento que nos interesa es el sagrado: cómo se vive y se interpreta el mundo a partir de la experiencia de lo sagrado en un ámbito urbano, desarticulado y aparentemente alejado de ésta dimensión.

Lo sagrado es visto como lo ajeno, y a su vez es el objetivo que se desea alcanzar. El espacio de funda y se sacraliza en la danza. Con su carácter central, la danza otorga una orientación al caos  cotidiano, y se vuelve, en sí mismo, un valor de existencia para el hombre “religioso”.

La danza mexica tiene su origen en las tradiciones prehispánicas. Es, por excelencia, una ceremonia ritual, una recreación del mito del origen del universo y una representación del mundo que habitaban.

Espacio y tiempo están determinados por el ritual y el mito de la danza. El ritual reproduce y recrea al cosmos en sus significados y símbolos propios, le transmite al espacio una atmósfera distinta en el  momento de la danza.

El rito penetra en el bosque de los símbolos, los utiliza dándoles forma por su asociación y manipulando pone en marcha el material simbólico para expresar/decirse a si mismo en el transcurso de su realización y actuar. Es un operador simbólico pero no se reduce sólo a eso, el rito es una dramatización que impone condiciones de lugar, tiempo, circunstancias propicias, designación de los que incluyen o excluyen.

Para quienes la practican, la danza es la unión entre la energía vital y la naturaleza, entre el cosmos y el espíritu, representados en el rito, aprehendido a través de una disciplina y un equilibrio de fuerzas. Así, la danza vive gracias a la memoria oral y a la memoria corporal. El símbolo que da sentido a una imagen puede cambiar, la narración del mito puede mutar, pero este no muere, se mantiene en la historia.

El rito conjuga los lenguajes, la música, la danza, los gestos y los actos litúrgicos definidos según su código particular. El rito requiere de la creencia en la vida de un más allá del mundo del hombre. La simulación da forma a otra realidad aunque los participantes pueden tener conciencia se esta simulación cuando se sustraen del efecto del ritual.

En el discurso de la danza mexica, se afirma que mediante ésta, es posible desarrollar varios niveles de conciencia. Se distinguen cuatro niveles: cósmico, astronómico, humano y espiritual. Conforme más se practique la danza, se tendrá acceso a un nivel superior. El líder del grupo Ollin Mazahtl afirma que, al estar compuesta por “movimientos cósmicos”, la danza es “armonía, es matemática, es un estado avanzado de conciencia”, que permite incluso, a quien danza, pasar hasta cinco días con sus noches danzando sin alimento, ya que la danza alimenta física, espiritual y mentalmente.

La danza satisface desde sus comienzos una necesidad individual y social. Tiene una íntima relación con el culto, como uno de sus más importantes medios de expresión. La danza como rito pone de manifiesto los valores del grupo siendo el vehículo para llegar a la comunicación directa con las deidades.  Ojo equipo Edurne completar cita.

Ahora bien, la experiencia de la danza es cósmica, personal y única. Basada en un acto fisiológico (desarrollo de cualidades físicas para la guerra), la danza se hace ritual, y finalmente se valoriza como técnica mística.

Más allá de los fines particulares de los participantes, todos convergen en la danza como ritual, aceptan sus reglas y coinciden en la posibilidad que les otorga la danza para generar energía mediante la conexión entre mente y cuerpo para lograr así una memoria oral compartida.

El discurso sobre los prehispánico ha permitido  a los danzantes, elaborar toda una concepción sobre el mundo a fin de mantener viva la tradición. El espacio público se transforma para adquirir un carácter sagrado por unas horas.

La selección del lugar para abrir un círculo depende de un consenso sobre el fin del mismo que es “llegar al núcleo de las cosas y de los problemas para poder alterar el orden”, el orden social.

Cada grupo de los que analizamos cuenta con un lugar fijo  al que acude ciertos días de la semana, pero los danzantes suelen ir a otros lugares como invitados por otros círculos cuando se celebran aniversarios, se inaugura un grupo o cualquier otra festividad.

Aunque hay sitios simbólicos establecidos por mitos o la historia, tal como es el caso del Zócalo-, estos aparecen como espacios rituales que se resignifican. En ellos se construye un espacio de comunicación y significado a través de l experiencia de la danza y sus símbolos, y de la convivencia y el  intercambio de conocimientos sobre la cultura prehispánica.

Al comprender a la cultura como un conjunto de conceptos, valores y experiencias comunes que se comunican de manera indirecta, afirmamos que el espacio de la danza carga de elementos simbólicos al mundo, elementos que lo reinterpretan y lo exhiben públicamente. Dichos elementos confrontan tanto al sujeto de la acción como al que mira, a repensar su mundo para comprender lo que está viendo frente a sí.   Ojo equipo Edurne completar cita

Los danzantes del Anáhuac recurren constantemente a la referencia mítica del Valle de Anáhuac que es donde ahora se encuentra la Ciudad de México. Sin una delimitación territorial concreta, los danzantes hacen referencia a un espacio histórico: El Valle del Anáhuac donde se asentó una de las más grandes civilizaciones prehispánicas.

No debemos olvidar que los grupos de danzantes que estudiamos, se insertan en un ámbito urbano. La ciudad se entendería a partir de su capacidad de producir un orden económico, social y también cultural. Este ordenamiento espacial es de carácter humano, es un proceso de producción, construcción y modificación. En el espacio urbano se llevan a cabo múltiples relaciones complejas que están determinadas  histórica y socialmente. Físicamente tiene una serie de atributos  que la representan y la distinguen, es una creación, una institución imaginaria construida en el tiempo y el espacio, en ella coexisten comentos expresados en las representaciones y acciones de los hombres.

Las estructuras imaginarias que están presentes en la ciudad deben verse como una red elaborada, organizada colectiva y socialmente, ya que en el imaginario se establecen los mecanismos de identidad y pertenencia urbana al mismo tiempo que se reproduce la distinción, diferenciación y segregación social y por esto puede decirse que la ciudad está llena de subjetividad y de sentido.

Para los danzantes del grupo Ollin Mazatl su lugar, el zócalo, representa  el comienzo de la danza, el sitio en donde se inicia la resistencia cultural que pedura hasta nuestros días.

“¿Por qué en el zócalo? Debemos de  saber que el nombre original de este lugar es “huella iztacuali” no zócalo, que quiere decir la gran plaza. Debemos saber que el año de 1520, el 19 de mayo, en este lugar en el que estoy parado hubo una masacre de dos mil danzantes. Los mataron simplemente para quitarles el oro. Nosotros, los guardianes de la cultura, seguimos luchando porque este lugar sea única y exclusivamente para la difusión cultural y desgraciadamente nos da mucha tristeza y a la vez pena que nuestras autoridades a este mal llamado zócalo lo hayan convertido en un escusado”

La identidad del danzante del Anáhuac se construye a partir de la identificación entre los sujetos que se apropian de la danza y de su discurso, que viven la experiencia de la danza en un grupo particular. El ser danzante no necesariamente se traduce en un estilo de vida a partir del cual los danzantes se comportan de una manera específica.

En el caso de la danza mexicanera la identidad se construye como una condición social (ser danzante), un referente (el ritual dancístico) y una delimitación espacial (el lugar en el que se danza).  La naturaleza cualitativa del fenómeno de la identidad se refiere a la distinción de los elementos, rasgos, características y marcas de la unidad definida. Estos elementos tienen que ver con la adjudicación de los individuos a un grupo social, la presencia de un conjunto de elementos idiosincráticos y una identidad biográfica compartida. Por tanto, la identidad no se explica a partir de sí misma, cada una de las acciones de la danza genera elementos que hacen que esta exista.

El danzante se reconoce frente a los otros y se diferencia frente a quienes no participan de esta actividad. “La identidad no es una esencia, un atributo o una propiedad intrínseca del sujeto, sino que tiene un carácter intersubjetivo y relacional”  . Ojo equipo Edurne completar cita.    A ésta la componen, el sentido de pertenencia de los individuos para asumirse como parte de un determinado grupo social, su posibilidad de perdurar en el tiempo y el espacio, los valores que en ella intervienen y el contexto de la vida cotidiana.

Es a partir de este universo simbólico recreado en prácticas comunes, que se manifiesta la identidad del grupo con base en las prácticas que se someten a la confrontación con los otros universos simbólicos.

Al luchar por conservar sus tradiciones, su pasado autóctono, tratando de reivindicar esa “identidad perdida” llegan a considerarse como extranjeros en su propia patria. En ciertos momentos, ellos mismos se consideran “el otro”.

Gracias a las entrevistas pudimos dar cuenta de que la danza se ofrece como una alternativa a ese sentimiento que el individualismo impone. La danza representa un espacio en el cual el danzante se siente reconocido por aquello que es (conchero, mexicanero, azteca, guerrero, danzante) y por lo que los diferencia de los otros (los españoles, los católicos, el gobierno, los no danzantes).  Si partimos de la idea de que la identidad se construye socialmente vemos lo importante que puede ser, para los danzantes, su reconocimiento como “guardianes de la cultura”, como “herederos de Cuauhtémoc”, como “parte de un linaje”, o bien, simplemente como “danzantes”.

De esta manera, podemos decir que la identidad danzante, vista como una relación cargada de sentido, es construida en un primer momento de manera individual (cuando el individuo se integra a un grupo), y más tarde colectivamente (cuando ese mismo individuo puede invitar a otros a participar, cuando ocupa cargos en la jerarquía, etc.)

En muchos de estos grupos existe el discurso de regresar al origen, antes de la conquista, de retomar la consigna que supuestamente dejó Cuauhtémoc antes de morir y que, se afirma, ha sido transmitida a través de las generaciones. Muchos dicen que éste es el momento de que eso suceda. En una conferencia, el mismo Iztakuauhtli, líder danzante del Ollin Mazahtl mencionó que los concheros ya no tenían razón de existir pues su misión ya estaba concluida, la iglesia ya tenía su parte y la danza y los símbolos habían logrado rescatarse. Por eso ya podían regresar a ser danzantes mexicas o chichimecas nuevamente.

“Mira, en la danza azteca hay dos tipos de movimientos diferentes. Hay una danza tradicional conchera que le bailan a los templos, a las iglesias y le rinden culto a las imágenes, y hay un tipo de danza azteca-chichimeca, que es la que realizamos nosotros, que de cierta manera es más cultural que lo que son ellos. Ellos utilizan mandolinas, su atuendo es diferente, es de manta, nosotros utilizamos atuendos de pieles, utilizamos más plumas porque para nosotros es una presentación ante la gente. El objetivo principal de la danza es dar a conocer la raíz histórica que se tiene. Entonces hay un gran conflicto entre los dos tipos de danza… son las mismas pero llevan, digamos, un carácter político diferente”

CONCLUSIONES



Retomar el saber de las culturas prehispánicas no es igual a recrear como espejo vivo la manera de vestirse o realizar una serie de ejercicios rituales al aire.  En mayor o menor grado, requiere de imaginar la forma de vivir de estas, cuestionarse lo aprendido sobre las mismas, investigar más sobre su conocimiento e involucrarse con los grupos que aún subsisten.

Actualmente podemos encontrar diversas manifestaciones culturales que invocan el pasado mexicano.  Las danzas del Anáhuac son expresiones de un pasado que se vive y recrea en el presente.  En este trabajo nos propusimos mostrar nuestra primera exploración frente a lo que llamamos “el mundo de los danzantes”.  Los danzantes del Anáhuac, sujetos de un proceso histórico particular, entre otras cosas, representan una experiencia viva de la reapropiación de la cultura náhual, en un contexto urbano.

En este primer acercamiento pudimos  observar la estructura organizativa de cada círculo de danza; en ocasiones, incluso, pudimos formar parte de ella. Cada grupo con el que trabajamos, expone un objetivo distinto y la diversidad de sus miembros puede resultar sorprendente en muchos casos. Además de la repetición de ciertos ritos, discursos como el de la resistencia cultural, la búsqueda espiritual a partir del equilibrio de energías, la supuesta liberación de energía al entregarse en cuerpo y alma a la danza, son algunos de los elementos que unifican a cada grupo.

Estos colectivos, que bien podríamos caracterizar como formas de resistencia cultural, se autoidentifican y son reconocidos por los demás en un sistema de relaciones sociales; la identidad de los danzantes no es un atributo, es una relación intersubjetiva en la dimensión simbólico-cultural de las interacciones sociales.

La danza se vive como un recurso necesario para aquellos sujetos interesados en la cuestión del regreso al origen y en retomar el camino, o bien, recuperar el conocimiento y la experiencia de la naturaleza que nos rodea, en un espacio urbano cada vez más alejado de esas emociones.  Sin embargo, pese a su heterogeneidad, existe un elemento común que se impone a todos y que da sentido al  “universo de los danzantes”: la danza como ritual.

La identidad actual  del ser danzante fue nuestra principal búsqueda. Cómo, a través de la reinterpretación y la reincorporación del mundo prehispánico, en un contexto urbano el “ser danzante” se vive de un modo particular. Podríamos pensar que, en un medio urbano como el de la ciudad de México, la danza es una respuesta local frente a un mundo global que hace uso de los recursos que cada mundo le ofrece. En dicho contexto, el tiempo y el espacio se resignifican constantemente en el entramado de relaciones sociales que se enfrentan a la doble dinámica de lo local y lo global.

La identidad del ser danzante no representó tanto la búsqueda inicial como la meta de la exploración. La identidad se entiende como un proceso de reconocimiento con el otro y negación frente a lo otro, a lo que no se es.  Este es solo el principio pues la identidad se construye a partir de un juego constante de identificaciones entre los individuos que, pese a que se asumen como parte de un grupo, reconocen también sus diferencias frente a estos sujetos con los que se sienten identificados.  Así, en un mismo grupo puede haber una gran diversidad de orígenes, religiones, intereses y trabajos.

Para entender cómo se construye la identidad danzante, partimos de las variables tiempo/espacio. El espacio regido por la idea de centralidad. El tiempo entendido como proceso histórico, y como tiempo mítico, cíclico, que resurge y muerte en cada evocación que le hace la danza. Pero las dos dimensiones, tiempo y espacio, debieron ser apreciadas en la cotidianidad propia del danzante: la puntualidad, la hora y el lugar de ensayo, el tiempo de las presentaciones públicas, el control del espacio y del tiempo para establecer jerarquías.

Espacio y tiempo determinados por el ritual y el mito de la danza: los símbolos que contiene, la cosmogonía ancestral que busca evocar, la resignificación de espacios en las distintas partes de la ciudad.  Todos estos son los elementos que en su conjunto constituyen el discurso y el mundo de vida, o la cosmovisión del ser danzante: la construcción de su identidad.

Son danzantes del Anáhuac por la referencia mítica a la que ellos recurren constantemente sobre el Valle del Anáhuac, donde ahora se encuentra la Ciudad de México.  Sin delimitación territorial concreta, los danzantes hacen referencia a un espacio histórico: El valle del Anáhuac, donde estuvo una de las más grandes civilizaciones prehispánicas.  La cultura náhual se reapropia en la danza y en el movimiento de la mexicaneidad de la historia, los mitos, las creencias, los rituales, la lengua, la tradición y el lugar que ocupó.

Cabe señalar que el acercamiento a construcciones culturales como las que el presente trabajo aborda no puede llevarse a cabo de manera objetiva y libre de prejuicios sin tomar en cuenta el contexto histórico, social y cultural que las enmarca y que necesariamente las permea, las influye, las cuestiona y que a la vez les da vida y les otorga sentido. Sus significados y sus símbolos toman fuerza a partir de las relaciones históricas, de apropiaciones particulares del “capital cultural” que necesariamente se establecen dentro de los diversos ámbitos (culturales e incluso económicos) que el medio urbano contiene y que pone a la disposición de las más heterogéneas necesidades e interpretaciones. Es de esta forma que constantemente se generan nuevas dimensiones que dotan de sentido a todo tipo de expresiones, en este caso, es el rito de la danza el que construye su propio discurso y da vida a la búsqueda del origen, a la reivindicación de lo antiguo en el terreno de lo moderno, de lo contemporáneo.

Nuestras ciudades son el ambiguo y enigmático escenario de algo no representable ni desde la diferencia excluyente y excluida de lo autóctono ni desde la inclusión informante y disolvente de lo moderno.  Ojo equipo Edurne completar cita.

Como hemos podido observar a lo largo de esta investigación, el mundo de los danzantes y su complejidad, dan cuenta del proceso de reapropiación de la historia como eje fundamental para la construcción de la identidad al interior de cada grupo.  Las motivaciones y finalidades son diferentes para cada caso individual, pero lo que se mantiene constante es la idea de rescatar del olvido las danzas prehispánicas, que actualmente son la representación de algo cuya realización original no se conoce a ciencia cierta, aunque los códices y la tradición oral, dan cuenta de su existencia.

En esta investigación no pretendimos en ningún momento confrontar la realidad (del ritual prehispánico original) con la representación (actual de la danza), lo que siempre nos interesó fue el proceso de construcción de identidades para estos danzantes citadinos, la cual se vuelve una forma de resistencia frente a la invasión de la cultura occidental. En esta reapropiación del discurso ser danzante se convierte en una parte importante del individuo, transforma su modo de vida, el cual a su vez se conjuga con los diversos roles que cumple en sociedad.

Otro elemento que nos pareció muy interesante, fue el del papel que la religión católica juega al interior de los grupos de danzantes. El catolicismo, aveces un tanto desdibujado funciona tanto como un elemento disyuntivo, que marca diferencias, o bien, como parte conformante del ritual. En el caso de los concheros, la religión católica se encuentra perfectamente integrada en su ritual y es un elemento más que le da sentido. Esto, debido a su abierta aceptación del sincretismo cultural.
Por su parte, los mexicaneros, en su búsqueda por las raíces, por el rescate de la danza en su forma más pura rechazan todo vínculo con el catolicismo. Sin embargo encontramos danzantes mexicaneros que se aceptaban a la vez como practicantes católicos. Ellos dicen no encontrar conflicto en su creencia religiosa, pues están seguros de que debajo de cada iglesia se encuentra una pirámide, detrás de cada santo, se encuentra una imagen sagrada azteca. Por lo tanto, pedirle a Tonantzin es pedirle, al mismo tiempo a la Virgen de Guadalupe. Así, el ritual grupal de la danza está dedicado a Tonantzin, mientras que la oración y el rezo en la Iglesia van dirigidos a la Virgen de Guadalupe. Los danzantes mexicaneros no católicos han terminado por aceptar y respetar esta creencia dual de sus compañeros. Las redes que posibilitan la integración no se ven afectadas y los procesos de identidad pueden continuar su avance en la historia.

En todos los casos, podemos decir que la danza parece tener un doble objetivo: conocer y preservar la tradición náhual y conocer y trabajar la íntima relación entre cuerpo y mente. Entre los integrantes del círculo de Tlalpan, por ejemplo, se discute acerca de cuál es la concepción de la danza que debe privar: la que ve en ella un medio de búsqueda espiritual, como técnica física de control y equilibrio del cuerpo, al igual que las artes marciales orientales;  la que la concibe como expresión de la energía corporal, sin importar técnicas o conceptos; o aquella que simplemente la vive como manera de reencontrarse con su lado indígena.

También es posible apreciar diferencias entre los grupos analizados, en términos de su relación con el público que asiste a sus presentaciones. Los líderes del grupo Tlalpan, por ejemplo, suelen invitar al público a incorporarse a la danza, previa advertencia de que nadie deberá entrar o salir a la mitad de la misma. Los grupos del zócalo, en cambio, viven del público -tanto de los habitantes de la ciudad como del turismo nacional y extranjero- y establecen con él una relación mediada por el intercambio económico. La venta de folletos y artesanías en el grupo Ollin Mazahtl se justifica como una necesidad para “sostener las escuelas”, mientras que algunos miembros del Movimiento de Cuauhtémoc aceptan que el dinero recaudado por venta y donativos les permite sobrevivir y seguirse dedicando a la danza.

Este último grupo tiene un discurso más politizado que, a la par que critica a las autoridades de la ciudad, promueve la reindianización para rescatar la tradición perdida gracias a la dominación cultural. Los danzantes mexicaneros creen que su actividad es un justo reconocimiento a la cultura prehispánica.

Esta idea también cumple con la profecía acerca de que el imperio azteca pudiera no ser visible, pero que nunca desaparecería y resurgiría en cierto momento de la historia. La leyenda de los soles, por ejemplo, marca una toponimia ideográfica de que todos, como resultado del orden, venimos de la misma tierra.

El discurso de la reindianización no tiene sólo que ver con que la cultura tome rumbos ventajosos para los indígenas. Plantea que, ya sea por herencia racial y/o cultural, todos los mexicanos podemos tener una visión del mundo diferente de la oriental. Una visión repleta de saberes sobre el cosmos, el orden y la naturaleza; una cultura que puede ofrecer nuevos valores, una alternativa para entender las cosas y el mundo. En síntesis, la reindianización pretende que indios y mestizos retomen al indigenismo como filosofía de unidad social nacional.

Consideramos que esta investigación es apenas un primer acercamiento a la comprensión del “mundo danzante”. Mundo que se presenta como un territorio simbólico cambiante, heterogéneo, complejo. Creemos que hacen falta muchas investigaciones más para abordar elementos de gran importancia que apenas fueron tocados por nosotros. Por ejemplo, cabría investigar a fondo cómo funciona el rito de la danza y que papel cumple en un contexto como el de la ciudad de México.

Sería interesante, también, abordar a cabalidad el fenómeno de la recuperación del discurso prehispánico de estos danzantes, en el resto de América Latina y, sobre todo, entre grupos de chicanos radicados en los Estados Unidos. Resulta curioso apreciar que en dichos discursos se rechaza tajantemente la imposición de culturas ajenas a la suya y, a la vez, se hace uso de los más modernos medios electrónicos de comunicación para la difusión de sus consignas. Tentativamente podríamos explicar el surgimiento de este tipo de prácticas como resultado de los fuertes procesos de exclusión propios del capitalismo y ahora del neoliberalismo y de la globalización.  Pero, en todo caso, la proliferación de páginas web de organizaciones que reivindican la cultura azteca, con    tintes proféticos de retorno al origen y claras muestras de rechazo de las “culturas modernas”, da cuenta de los alcances que el fenómeno está adquiriendo en la actualidad, así como de sus visiones más ortodoxas.

Desde otro enfoque, el mundo danzante podría ser analizado a partir de la centralidad de los conflictos de clase. Tal vez el surgimiento de este tipo de rituales y expresiones, como resultado de las actuales dinámicas interclasistas, y de los conflictos que estas han generado al interior de las clases.

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Autor:

Nash





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